Esta tarde, por circunstancias tristes que no vienen a cuento, mis señores suegros nos han cedido a Ki y a mí las entradas para una obra de teatro que pensaban ir a ver: La señorita Julia, del dramaturgo y escritor sueco August Strindberg. Como ya se sabe, en general, los suecos están bastante mal de la cabeza son gente con una visión del mundo muy pintoresca debido a su particular cultura y seguramente también al hecho de que el sol les da muy poco en la cabeza. Strindberg, además del hecho de ser sueco, era esquizofrénico y tenía manía persecutoria; de hecho, pensaba que las feministas estaban en su contra. Por eso su vida y su obra se volvieron bastante misóginas, y eso se nota también en esta obra de teatro en particular. Como también se nota el hecho de que la mayor parte de su obra tiene carácter autobiográfico.
Esta obra de 1.888 se ha venido representando, durante los más de 100 años que lleva escrita, en multitud de países y en diversas formas y versiones, incluyendo varias adaptaciones cinematográficas. Esta versión en particular de La señorita Julia que hemos visto hoy desde la fila 8 de butacas (era esa fila o la 2) es la de Juan C. Plaza-Asperilla, interpretada por María Adánez en el papel de la señorita Julia, Raúl Prieto en el papel de Juan, y Chusa Barbero en el papel de Cristina; además de una violinista (Andrea Szamek) y un acordeonista (Scott A. Singer) que también hacen pequeños papeles en la representación. No sé cómo serán otras versiones de esta obra, pero ésta en particular es bastante subidita de tono: mucho sexo y las dos actrices semidesnudas durante la primera mitad de la obra (más de uno seguro que habrá deseado haber visto la obra desde la fila 2 en esos instantes xD): ¡estos suecos, cómo lo viven!. Y también tiene una pizca de sangre que le da juguillo al asunto. El caso es que se trata de una obra llena de luchas de clases: la mujer frente al hombre, el siervo frente al noble, el religioso frente al ateo. El fuerte, frente al débil. Ah, y una cosa a tener en cuenta, que es muy importante en esta obra: para Strindberg, la mujer que pretende ser como el hombre es una aberración, y es en el fondo un ser muy, muy débil. Es, en definitiva, la señorita Julia.
La historia comienza a narrarse en la noche de víspera de San Juan, aunque en realidad empezó mucho antes. Empezó cuando Suecia se dividió en clases sociales entre las cuales había una diferencia abismal, al no existir eso que hoy llamamos "clase media", y los nobles y burgueses vivían una vida regalada mientras los criados y los siervos se morían de hambre en sus barracas. Los que nacían en la clase más favorecida luchaban por mantenerse en ella, mientras que los que nacían en la más perjudicada podían o resignarse o tratar de ascender socialmente (la mayor parte de las veces inútilmente). Sin embargo, en ese marco, a veces las normas se transgredían y los nobles acababan en ocasiones trinchando intimando con los siervos. Y así, si el noble era hombre y el siervo era mujer, el siervo se podía llegar a convertir en noble. Y si el noble era mujer y el siervo era hombre, el noble se convertía en un paria. En el caso de la obra (y en la propia vida de Strindberg), la historia arranca con una campesina que se convierte en la amante de un noble, conde en la obra para más señas, y se acaba casando con él y teniendo una hija: la señorita Julia. La madre de Julia no era sólo campesina; también era feminista y nunca ocultó que odiaba a los hombres. Así que decidió educar a Julia en el odio a todo lo masculino y a la vez en la creencia de que, si enseñaba a su hija a ser como un hombre de la época (es decir, a hacer sus tareas, a comportarse de la misma forma descarada que se les permitía a ellos, etc.), su hija sería feliz. Sin embargo, el señor conde decidió cambiar las tornas y educar a su hija en la que él creía la posición adecuada para una mujer: amante, paridora de hijos, inferior al hombre en todos los sentidos, y en cierto modo despreciable. Esa dualidad acabó convirtiendo a Julia en una pobre desgraciada que, a medida que crece, encuentra cada vez menos sentido a su vida en la posición social que ostenta. En su búsqueda de la felicidad, Julia decide buscarla fuera de su clase social, mezclándose con los criados.
Por su parte, Juan, un atractivo criado del conde y teóricamente novio de Cristina, la cocinera, fue criado de manera un tanto superior a la que se supone en un siervo. Juan ha visto mundo, sabe hablar francés, y ha leído más de lo normal en un criado. Además tiene porte y sabe bailar maravillosamente. Y sobre todo, posee aspiraciones a subir en la escala social. Justo lo contrario que Cristina, mujer educada en el pietismo que jamás aspiraría a salir de su posición social de forma voluntaria, y que trabaja con tal tesón y ahínco que llega rendida a las noches y se queda dormida en cualquier sitio. El caso es que cierta víspera de San Juan, por la noche y aprovechando la ausencia de papá conde (mamá condesa se supone ya fallecida), la señorita Julia sale a bailar por la finca y se mezcla tanto con nobles como con criados; y observando la magnífica manera de bailar de Juan, decide tomarlo como pareja de baile a pesar del evidente disgusto de Cristina. Y aburrida de su posición social, Julia empieza a coquetear descaradamente con Juan y a provocarlo, escudándose en su juventud y en la "inocencia" de la noche de San Juan, aunque en realidad se siente empujada por su deseo de humillar a este hombre, representante de toda una clase a la que odia. Sin embargo, Juan a pesar de no ser cliente de MediaMarkt (o tal vez debido a ello) no es tonto y ve en esto su oportunidad para seducir a Julia y aprovechar la posición social de ésta para trepar. Así que le sigue el juego, y tras varias copas y dimes y diretes y soy la señora y soy el criado y qué dirán los demás y qué me importa lo que digan y bésame el zapato y me siento fatal por besártelo, finalmente Julia cae seducida y se acuesta con él.
Pero como siempre, después vienen los arrepentimientos y la conciencia de clase. Julia sabe que lo que se le podría perdonar si fuera hombre, es imperdonable en una mujer. Además, Juan no es el hombre enamoradizo y oh-cuánto-te-deseo que imaginaba, sino un auténtico lobo con piel de cordero al que se le ven las orejas, o más bien, las ansias de capital y de posición social. Y aquí empieza la lucha entre la señora y el siervo, sólo que la señora ahora se siente como una furcia en la posición más baja posible, ya que en el fondo ha sido educada en el clasismo. Y aunque ella parecía desear estar ahí abajo, ahora que está ahí se ha dado cuenta de que en el fondo no le gusta nada de nada. Por supuesto, Juan aprovecha esta circunstancia para pinchar a Julia cada vez un poquito más. Y como decía Darwin, está claro que en la lucha por la supervivencia, los que triunfan son los más fuertes. La pregunta es: ¿qué te hace fuerte? ¿Es el carácter, el sexo, o la posición social? ¿Qué tiene más peso en el ser humano?
Y bueno, en cuanto a mi crítica personal, tengo que dividirla entre la crítica a la obra en sí y la crítica a la representación. En cuanto a la crítica a la obra, tendré que decir que, vista desde la perspectiva actual, el sr. Strindberg me parece un tipejo despreciable que debería morir con sus testículos devorados por hurones con boina machista asqueroso. Así, sin paliativos. Y eso se nota mucho en la obra. A pesar de los detallitos macabros (que esos sí me han gustado). Pero considero que las obras de este tipo, aunque se vendan como intemporales, hay que evaluarlas desde el contexto en que están escritas. Y francamente, 1.888 no era una época dorada para las mujeres. Así que, me pese lo que me pese, tengo que admitir que se trata de una obra muy lograda para su época.
En cuanto a la representación, hay que decir que la sala no ha estado mal para esta obra. Adánez ha estado muy correcta en su papel de niña mimada y medio loca; Prieto me ha parecido un pelín sobreactuado, aunque ha tenido sus momentos de gloria al mostrarse como el tipo violento y autoritario que se le supone a su papel. Y la secundaria Barbero, como suele pasar en estos casos, parecía un Nexus-6 ha brillado poco tiempo pero con mucha intensidad. O tal vez esta apreciación se deba a mi natural predilección por los personajes secundarios, quién sabe. Aunque lo mejor ha sido la banda sonora y los pequeños guiños que la violinista y el acordeonista han hecho a la obra y al público durante toda la representación. Lo que sí tengo que añadir es que la duración me ha parecido algo excesiva (2 horas y 10 minutos), sobre todo porque hay partes de la narración que se hacen un poco lentas. Especialmente al principio, durante los jugueteos verbales de la señorita Julia aprovechándose de su posición social frente a Juan y Cristina.
Pero bueno, la experiencia ha sido positiva y os la recomiendo a los que podáis disfrutar aún de esta obra. Hacía siglos que no iba al teatro...
Y nada más. Besotes de buenas noches ;-)






